Cabos sueltos

De forma dispersa, a lo largo de los días, voy tomando notas en cuadernos, en hojas sueltas.
La intención es incluirlas en el blog, pero parece como si no tuviera tiempo.
Y me sobra.
Aunque estudie cada noche.
Siempre debería encontrar un momento.
Voy a intentarlo.
Notas sueltas, fotos del día.
Salgo a caminar.

Tres rutas. Entre ocho y diez kilómetros. Con todo el calor y la humedad. Al atardecer.

Pero cada día me queda menos sol.

Cambiaré la hora de salida.

Molinar, Escollera, Son Armadams. Y un día, La Real, muy corta.

Ahora, sin más criterio que el cronológico, voy a recopilar las notas tomadas en las pasadas semanas. Si tengo fecha, pondré la fecha. Pero ni en eso soy constante.

No olvidar nunca de dónde vengo. Soy hijo de un albañil de vocación agricultora y a quien la necesidad y la modernidad empujó a la ciudad.

Mi primer maestro, un auténtico cerril producto del franquismo. Totalmente carente de aptitudes, de sensibilidad y de vocación pedagógica.

Porque el franquismo fue una dictadura entre rancia y patética, más que triste.

Vivir con los ojos abiertos y sin ver.
Abrir los armarios, los cajones, sin levantar la vista, para que las lágrimas no impidan encontrar lo que no busco.

Me estoy dando cuenta, poco a poco, de que no tengo conciencia real de casi un año de mi vida, el pasado. Mis recuerdos son muy puntuales y difusos. Gracias a la medicina legal. Hasta que no dejé los medicamentos, todo es una nube oscura, densa.

Sueño que caigo a un pozo, muy negro. Pero con la salida al alcance de mi mano. Ni siquiera lo intento, porque afuera no hay nada que me importe.

He conocido muchos “valientes” con un arma en la mano.

He aprendido a ver sin mirar.

Miedo a las palabras. Las palabras no hacen daño. Sí la expresión de las palabras. Ocultar la evidencia, disfrazar la verdad.

Ciego, invidente, minusválido físico visual. Desviándose de la definición, hasta llegar a la indefinición. Pero seguirá sin ver. Será CIEGO.

 

¿Por qué en el pueblo se deformaban los nombres? Afeando, casi siempre. El diminutivo, el apelativo, tiende a la mejora, al tono más cercano y afectivo. En el pueblo, no. Era más contundente.

(A continuación hay versos de canciones de Labordeta, de Aute, de Sabina… Ahora no las incluyo. Irán como encabezamiento de futuras entradas del blog. Versos y fotos.)

 

Y yo voy cerrando las puertas, porque se apagó mi luz.

Vivir a oscuras, vivir ciego.

 

Nunca hay segundas oportunidades: son otras. Cada ocasión se gana o se pierde.

Nada se repite.

La moneda cae de un lado o del otro.

Y casi siempre ha sido del otro.

Fin de la primera parte. Seguirá.

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