EL LORO ESTEPARIO

REVISTA CULTURAL Y DE OPINION. Año I. Número 9. Noviembre de 2003

 

"EL MOTIN DE ESQUILACHE"


 

EL MOTIN DE ESQUILACHE, DE FRANCISCO DE GOYALeopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache (Squilacce en Italia). Nacido en Sicilia en fecha imprecisa, hacia 1700. Carlos III, con quien ya había desempeñado labores de gobierno en Nápoles, le confía las secretarías de Hacienda, Gracia y Justicia, Comercio y Guerra.
Reformista e innovador, era partidario de arreglarlo todo por la vía rápida. Había conseguido imponer la libertad de comercio de cereales, obras públicas en Madrid.
Antes del motín, ya era impopular, a causa, entre otras razones, de su ostentosa forma de vida y las reformas impuestas.
Y sobre todo, por la separación de los poderes civil y eclesiástico.

Se le acusaba de haber nombrado administrador de la Aduana de Cádiz, a un hijo suyo de quince años; de enviar a Italia los dineros recaudados con los impuestos; de contrabando de tabaco...

Coincide su decreto con una época de subida de precios: pan, aceite, carbón y tocino. Con un periodo, de pobreza y hambre.

El proyecto de renovar el vestuario no era propio. Ya se había intentado en la época de Fernando VI. Bajo la capa se podía esconder cualquier arma. Bajo el sombrero de ala ancha, cualquier rostro.

“... como vestía la gente de España, les daba cierto aire de personas poco cultas y aspecto de sospecha”.

Pero, como señaló Julián Marías, había más de  fondo: el intento de modernizar, de europeizar, las arcaicas formas españolas. Y como siempre ha ocurrido con las medidas reformistas, encuentran la reacción más acendrada.

El Bando de 21 de enero de 1766 es sólo aplicable a los funcionarios, en la creencia de  que empezando por ellos, sería más fácil extender la medida al resto  de la población:   “Siendo reparable al rey que los sujetos que se hallan empleados a su real servicio y oficinas, usen de la capa larga y sombrero redondo, traje que sirve para el embozo y ocultar las personas dentro de Madrid y en los paseos de fuera con desdoro de los mismos sujetos, que después de exponerse a muchas contingencias, es impropio del lucimiento de la corte y de las mismas personas que deben presentarse en todas partes con la distinción en que el rey los tiene puestos; conviniendo cortar estos abusos que la experiencia hace ver que son muy  perjudiciales  a la política y experiencia del buen gobierno, se ha  dignado  resolver que se den órdenes generales a los jefes de la tropa, secretarios de despacho, contadurías generales y particulares y a todas las demás oficinas que Su Majestad tiene dentro y fuera de Madrid, paseos y en todas las concurrencias que tengan, vayan con el traje que les corresponde, llevando capa corta o redigot, peluquín o pelo propio, sombrero  de tres picos en lugar de redondo, de modo que vayan siempre descubiertos, pues no debe permitirse  que usen trajes que les oculten cuando no puede presumirse que ninguno tenga probos motivos para ello. Advirtiendo a todos que están dadas las órdenes convenientes para que a cualquiera de los empleados  que están al servicio del rey que se les encuentre con el traje que se prohíbe se le asegure y mantenga arrestado a disposición de Su Majestad.”

Ante tal amenaza, claro, la medida se acató unánimemente. A continuación, Esquilache trata de imponerla al resto de la población, pese a las advertencias del Consejo de Castilla, de no hacerlo bruscamente.

  “... mando que ninguna persona de cualquier calidad, condición y estado que sea, pueda usar en ningún paraje ... de esta Corte y Reales Sitios ..., del citado traje de capa larga y sombrero redondo para el embozo, pues quiero y mando que usen precisamente de capa corta... y de peluquín o pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que de ningún oculten el rostro”.

La reacción fue inmediata: los bandos fueron arrancados y en su lugar se colocaban pasquines insultando a Esquilache. Este contesta movilizando soldados al  servicio de los alcaldes y alguaciles. Se ordena a los sastres que no  confeccionen capas largas. Los alguaciles, yendo más allá de lo ordenado, salieron a las calles, y por la fuerza, cortaban capas e imponían multas arbitrarias. El Motín estalla el domingo de Ramos (el 23 de marzo de 1766), en la madrileña plaza de Antón Martín. Un enfrentamiento con guardias provocado por un grupo de embozados, quienes al ser preguntados por qué vestían así contestaron con insultos.

Trataron los guardias de detenerles y uno de los embozados desenvainó la espada, silbando para que comenzaran a aparecer los componentes de una banda armada. Huyeron los militares y los amotinados se encaminaron hacia el Palacio Real, tomando al paso un cuartelillo del que sustrajeron armas. De camino se encontraron con el Duque de Medinacelli, a quien entregaron una serie de peticiones para que las hiciera llegar al rey. Este las recibió pensando que eran de un simple grupo de exaltados. No era así: los amotinados habían destruido las farolas colocadas en la ciudad por el Ministro. Habían asaltado y saqueado la casa de Esquilache, acuchillando a uno de sus criados. Apedrearon la casa de Grimaldi. Al día siguiente, la situación se agravó. El grupo de amotinados llegó hasta el Palacio, donde se había refugiado Esquilache. Fueron detenidos por la odiada guardia Valona, que disparó sobre ellos, matando a una mujer. Pronto la multitud se agolpó entorno al Palacio Real. Hicieron llegar al rey sus exigencias, por medio del padre Cuenca (ataviado con una corona de espinas, una soga al cuello y un crucifijo), entre las que figuraban el destierro de  Esquilache, la supresión de la guardia Valona, el que no hubiera más que ministros españoles en el gobierno, medidas económicas y, como no, que se conserve  el traje tradicional: la capa larga y el chambergo (no lo era: esta vestimenta fue importada de Flandes, algunas décadas, no muchas, antes, por Schomberg (“chambergo”). Tras oír al Consejo de Guerra, Carlos III salió al balcón y aceptó las exigencias. Pese al apoyo popular manifestado, el rey está asustado. Aquella misma noche parte para Aranjuez con toda su familia. El pueblo lo toma como una traición y engaño, suponiendo que en realidad está armando su ejercito para volver a Madrid y aplastar la revuelta, revocando todo lo prometido. La situación se agrava. Ahora son treinta mil los que rodean la casa del Presidente del Consejo de Castilla, el obispo Rojas, quien es obligado a redactar un memorial que hacen llegar al rey. Este contesta en una carta, enviada y leída en público al  día siguiente, prometiendo cumplir todo lo anteriormente acatado. Esquilache es enviado a la Embajada de Venecia. Grimaldi se hace cargo, por unos días del gobierno, llamando al Conde de Aranda, Capitán General de Valencia, para que con sus tropas protegiese al rey, aun en Aranjuez.

Otros motines similares, al parecer organizados por alguna trama secreta, tuvieron lugar en otras provincias: Guipúzcoa, Zaragoza, Murcia. En Granada se produjo la insubordinación de los soldados, que se negaron a prestar servicio (llevaban dos meses sin cobrar). El fondo de la cuestión, en estos casos, parece más de índole económica.

Consecuencias de la crisis: el encumbramiento del Conde de Aranda, nombrado presidente del Consejo de Castilla. Es él quien organiza la investigación para descubrir quién estaba realmente detrás del motín, quién había utilizado al pueblo para la sublevación, una vez más en contra de sus propios intereses. Finalmente, es inculpado el procurador general de la  provincia de Castilla, el jesuita Isidoro López, apoyado por Ensenada. Como cómplices fueron procesados el abate De la Gándara, Hermoso de Mendoza y el Marqués de Valdeflores, autor de los pasquines. Esto sirve de apoyo a Aranda para pedir a Carlos III  que expulse a los jesuitas, hecho que se produce al año siguiente,  en marzo de 1767.

Será también el Conde de Aranda quien consiga, más adelante, desterrar el siniestro traje, de forma más sutil: haciendo pasear por las calles vestido de esa manera al verdugo, el más odiado personaje de Madrid.

 

NOTA: ES MUY INTERESANTE LA VISIÓN DE ESTOS HECHOS QUE OFRECE ANTONIO BUERO VALLEJO EN LA OBRA TEATRAL "UN SOÑADOR PARA EL PUEBLO".

JOSEFINA MOLINA DIRIGIÓ EN 1989 LA PELÍCULA "ESQUILACHE", PROTAGONIZADA POR FERNANDO FERNAN GOMEZ (CON ADOLFO MARSILLACH COMO CARLOS III).ESQUILACHE, DE JOSEFINA MOLINA

Ir al sumario